El nazismo era un movimiento revolucionario y su propósito consistía en destruir el orden existente. Qué reemplazaría este orden, era ya menos claro. Strasser y Peder propugnaban un Estado socialista; Roehm pretendía crear un inmenso ejército basado en las SA y bajo su mando. Hitler tenía por empeño obtener el poder y, como su voluntad prevaleció, la revolución nazi fue, simplemente, una lucha por el poder.
Hitler, no satisfecho con la Cancillería, pretendía un poder arbitrario y absoluto. Sólo en términos generales sabía, o le preocupaba, cómo podría utilizar éste y hacerse con él constituía un fin por sí solo. Durante la campaña electoral de febrero de 1933 se apercibió de qué carecía de programa, por lo que los argumentos utilizados a su favor hubieron de basarse en que el sistema existente había fracasado y debía ser reemplazado.
Tampoco tenía el Führer un plan lo bastante estructurado para obtener un poder sin control. Había llegado a Canciller, tanto por las faltas de otros como por su propia estrategia y continuaría observando una política oportunista. Estaba en la adecuada posición para poder destronar el Estado desde dentro, conclusión lógica de su «política de legalidad». Pero su fuerza residía en su inquebrantable convicción de que triunfaría y su absoluta certeza de lo que quería. Los había que esperaban llevar a cabo reformas constitucionales o una estabilidad económica, destruir la unidad sindical, preservar las escuelas católicas o establecer la dictadura del proletariado. Reconocían que el poder era necesario para alcanzar sus objetivos, pero sus deseos o su voluntad de aferrado era una tenue sombra al lado de la voluntad de un hombre que buscaba el poder para su propia satisfacción.
El nombramiento de Hitler había sido condicionado a que ganara una mayoría en el Reichstag y, sólo tres de los once puestos ministeriales, eran ostentados por nazis. Papen, por ello, había presumido reducir las ínfulas del Partido y utilizarlo. Conseguir mayoría, suponía arrastrar el Centro a la coalición nazi-nacionalista. Monseñor Kaas, líder del Centro, presentó una lista de cuestiones que servirían de base para las conversaciones, pero Hitler las calificó de demandas no negociables y persuadió a sus colegas de que, ante la imposibilidad de acuerdo, se hacían necesarias unas elecciones. Hugenberg advirtió el peligro que suponía permitir a los nazis participar en las elecciones investidos del poder del Estado, como sucedería al permanecer Hitler Canciller pro tempore al término de la legislatura. No obstante, como Hugenberg pusiera objeciones a una coalición con el Centro, sugiriendo la alternativa de un régimen autoritario, Hitler pudo sin gran inconveniente hacerle caso omiso con la excusa de que había prometido a Hindenburg intentar para su gobierno un mandato parlamentario.
Los nazis entraron en la campaña electoral seguros de su éxito. La industria entró en juego y las arcas recibieron las contribuciones de Krupp, Aceros Unidos, I. G. Farben y otros. Goering, entonces Ministro del Interior en Prusia, purgó la policía del Estado y nombró para puestos vitales a líderes SA activistas. Se reclutó una fuerza auxiliar de 50.000 hombres, en gran parte entre las SA y las SS, quienes llevaban simplemente brazales blancos en sus uniformes del Partido y ofrecieron una máscara de legalidad cuando se trató de ayudar a sus camaradas a aterrorizar a los judíos y a los oponentes políticos del nazismo. Incluso las cifras oficiales admitieron que 51 personas habían resultado muertas en la campaña. Los nazis monopolizaron las redes de emisoras controladas por el gobierno, mientras que sus líderes oradores, por su parte, acribillaban con desabridos discursos al país. La policía, con ánimo de desorganizar la oposición, hizo una redada en la Casa Karl Liebkrecht de Berlín y un comunicado oficial describió el descubrimiento de planes de una revolución comunista. No se aportaron pruebas concretas ni se necesitó ninguna después de que, en la noche del 27 de febrero, el edificio del Reichstag desapareció pasto de las llamas. Un joven comunista holandés, van der Lubbe, fue acusado del incendio, declarado culpable y ejecutado. El intento de implicar a los líderes comunistas resultó fallido y hubo que ponerlos en libertad.
Muchos supusieron que los nazis habían quemado en secreto el Reichstag para poder contar con una base suficiente para suprimir el KPD. No obstante, investigaciones recientes dan como probable que el holandés fuera culpable, como siempre confesó.
Sea cual fuera la verdad, Hitler aprovechó la oportunidad para persuadir a Hindenburg de que el 28 de febrero firmara un decreto suspendiendo las garantías de libertad individual, permitiendo al gobierno del Reich asumir en caso necesario plenos poderes en los Estados y aumentando la pena por delitos como traición, sabotaje e, irónicamente, violación grave de la paz.
En tanto, se permitió al KPD continuar en funciones, para poder escindir así la votación del ala izquierda entre este partido y los social-demócratas.
A pesar de los medios a su alcance, en marzo, el Partido Nazi ganó sólo el 43’9 % de los votos. Una mayoría de alemanes había votado en contra, pero en las votaciones a favor superaron las de cualquier otro partido y, como la coalición nazi-nacionalista alcanzaba una mayoría en el Reichstag, es justo afirmar que el pueblo alemán había expresado su aquiescencia a la destrucción del gobierno democrático.
Hitler era ya capaz de llevar a cabo la revolución por vía legal. La base constitucional del régimen nazi la dio una única ley, la «Ley para la supresión de la miseria del pueblo y el Reich», ordinariamente denominada Ley de Poderes. Ésta concedía al gobierno capacidad legislativa para cuatro años sin necesidad del consenso del Reichstag e, incluso, con alcance a desviaciones de la Constitución y tratados internacionales. Estas leyes serían decretadas por el Canciller y entrarían en vigor al día siguiente de su publicación. La Ley de Poderes, por suponer una enmienda a la Constitución, necesitó el acuerdo de dos tercios del Reichstag, pero esto fue fácilmente conseguido. Muchos diputados comunistas fueron arrestados basándose en la Ley del 28 de febrero; los nacionalistas quedaron confortados con una cláusula de la ley que dejaba los poderes presidenciales incólumes y los centristas fueron conformados con pródigas promesas de Hitler y una declaración escrita por Hindenburg, de que el Canciller no haría uso de sus nuevos poderes sin antes consultarlo. Muchos conservadores y oficiales de la Reichswehr quedaron deslumbrados por la espléndida ceremonia celebrada en la iglesia de la guarnición de Potsdam, el 21 de marzo de 1933, en la que Hitler habló fervientemente de su lealtad a la tradición alemana.
Dos días más tarde, se reunía el Reichstag en el Palacio de la Opera de Kroll para confirmar la Ley de Poderes. Los social-demócratas fueron los únicos que votaron en contra ante la evidente furia de Hitler; un acto éste de considerable valor, con las SA fuera del edificio cantando: «Queremos la aprobación o sangre y fuego». Los Cancilleres anteriores habían dependido de que el Presidente quisiera o no firmar decretos de emergencia, pero Hitler ahora detentaba el poder directamente, con derecho a suspender la Constitución.
Con esta nueva arma, los nazis desencadenaron la política de «coordinación» (Gleichschaltung), gracias a la cual las instituciones vitales pasarían al control del Partido.
Ya para el 9 de marzo, los nazis habían tomado el poder por la fuerza en Baviera, donde la Reichswehr permaneció neutral por orden de Berlín. Goering controlaba Prusia desde hacía algún tiempo y, con la base de la Ley del 28 de febrero, fueron nombrados comisarios de policía nazis en Badén, Sajonia y Württemberg. En abril se nombraron gobernadores del Reich, Reichsstatthaelters, en los diversos Estados con poder para nombrar y separar gobernadores y funcionarios, disolver las Dietas y publicar leyes. Hitler reemplazó a Papen en sus funciones de Reichsstatthaelter de Prusia. En enero de 1934 fueron abolidas las Dietas en todos los Estados y los poderes soberanos de los Estados fueron transferidos al Reich. Los Estados conservarían una existencia formal, pero el sistema dual, que se remontaba a 1871, había sido barrido.
Los partidos políticos rivales fueron rápidamente suprimidos. La policía estatal prusiana de Goering, la Gestapo, entró en acción, y se inauguraron campos de concentración en Dachau y en otros lugares para recibir a los indeseables políticos. Los Demócratas y el Partido del Pueblo, que habían perdido la mayor parte de sus adictos a favor del nazismo, se disolvieron por propia iniciativa. Los Social-Demócratas, Centristas y el KPD se encontraron con sus edificios, periódicos y fondos confiscados y sus líderes arrestados. Incluso las oficinas del Partido Nacionalista fueron ocupadas y Hugenberg, previendo el temporal, disolvió su partido. El 14 de julio, una nueva ley declaró al Partido Nazi el único partido legal de Alemania y tipificó sanciones por intentar organizar otro. Papen, Hugenberg y los otros que auparon a Hitler al poder habían mantenido sus intrigas en un contexto convencional. No estaban preparados, ni mucho menos, para un movimiento que, armado con una ley única, aplicaba los métodos del gangsterismo a la vida política.
Mientras el Führer proseguía con su revolución política, los miembros «rasos» perseguían sus objetivos personales. La violencia fue empleada flagrantemente por las SA, que establecieron celdas de castigo («carboneras») en los sótanos y almacenes de las grandes ciudades, en las que se maltrataba a la gente o se les exigía una suma a cambio de su libertad por cualquier causa perversa, desde la gula al sadismo. Simultáneamente, surgió una desenfrenada competencia por empleos y cargos de alcalde, altos funcionarios, directores de sociedades, etc. Muchos de los que saltaron al foso de la orquesta en el último momento eran oportunistas, los Maerzgefaliene, que se afiliaron al Partido sólo a la hora del triunfo.
El ala radical renovó sus ataques al capitalismo. Otro Wagener, jefe del Departamento Económico, pretendía controlar las asociaciones de patronos; Adrián von Renteln, líder de la Liga Combatiente de los Comerciantes de la Clase Media, intentó debilitar el poder de los grandes almacenes; Walther Darré, en aquel momento Ministro de Agricultura, pidió se redujeran las deudas agrarias de las tasas de interés y Peder abogó por que se cumplimentaran los puntos socialistas del programa del Partido. Roehm y sus acólitos se vieron implicados en una disputa con el ejército, que veía su predominio amenazado por las bandas callejeras venidas al poder.
Parecía posible que esta ola revolucionaria no se aplacaría hasta que todas y cada una de las instituciones hubieran sido remodeladas. Sin embargo, ello amenazaba la revolución del poder de Hitler, el cual estaba decidido a no dejar traspasar ciertos límites. No tenía Hitler simpatía por el socialismo y no era economista, pero sabía lo bastante para no echar a pique los fundamentos económicos del Estado y el 6 de julio, sin demasiadas delicadezas, comunicaría: «… no debemos separar a un buen hombre de negocios… sobre todo si el nacional-socialista que va a reemplazarle nada sabe de negocios». Menos aún podía arriesgarse a ofender al ejército. Su habilidad profesional sería imprescindible para el rearme y, probablemente, la guerra. Más importante era todavía el hecho de que éste mantenía su promesa de lealtad al Presidente y, en aquel significativo aspecto, el poder de Hitler no era todavía absoluto. Hindenburg estaba agonizando y, cuando muriera, Hitler intentaría absorber su poder y, con él, el vasallaje del ejército. Para hacerlo, no tenía otra solución que apoyar a los generales contra las SA. El problema se haría más urgente después de abril del 1934, cuando Hitler y Blomberg fueron informados confidencialmente de que al Presidente le quedaba poco tiempo de vida. Muchos oficiales estaban por una restauración de la monarquía, Hindenburg incluido. Era indudable que llevarían ésta a cabo a no ser que Hitler diera satisfacción a sus requerimientos.
La economía fue puesta bajo una dirección de confianza y ortodoxia: el Dr. Schacht, ardiente simpatizante nazi, que era ya presidente del Reichsbank, El director de la mayor compañía de seguros alemana, el Dr. Schmitt, pasó a ser Ministro de Economía y Comercio. Krupp, von Bohlen y Thyssen, mantenían el control de las asociaciones patronales; la Liga Combatiente fue disuelta, y nunca más volvió a hablarse de los proyectos de Darré. Se suprimieron en el Partido las conversaciones sobre desarrollo económico corporativo.
Más tiempo llevaría entendérselas con las SA. Roehm describió el impulso popular en pro del cambio como la «Segunda Revolución» y él representaba a todos los elementos descontentos de que ésta se componía. Las SA eran los Alte Kämpfer, los viejos luchadores, que no habían conseguido sus esperadas recompensas. Roehm simpatizaba con los radicales, criticaba la supresión de los sindicatos de 1933 y desaprobaba la ambición tiránica de Hitler. Antes que nada, estaba decidido a que la fuerza paramilitar que había creado se convirtiera en el núcleo de un ejército expansivo que él mandaría.
Posiblemente, Hitler no decidiera cómo resolver el problema hasta el último momento. Durante varios meses intentaría reconciliar ambos bandos. Poco después de llegar a Canciller, confirmó a los generales su intención de reforzar su posición y, el 20 de julio, fue anulada la supremacía de la jurisdicción civil sobre la militar. Durante la segunda mitad de 1933, Hitler intentaría tranquilizar al ejército con varios recursos. Por otra parte, Roehm entró a formar parte del gabinete, como jefe de personal de las SA que era y, en febrero de 1934, se concederían pensiones del Estado a los miembros del Partido lesionados en la «lucha nacional». Pero, cuando Roehm predicó la fusión de todas las fuerzas armadas, con él como ministro responsable del Estado, Hitler rehusó apoyarle contra la implacable oposición de los generales.
Hitler seguramente no ignoraba qué lado debería apoyar si se hiciera inevitable elegir, a medida que las relaciones entre los líderes SA y el alto mando empeoraran. El ejército era esencial para aumentar su poder; las SA tan sólo podrían socavarlo. A primeros de 1934, los líderes militares acordaron que Hitler sucediera a Hindenburg a cambio de la promesa del monopolio de la fuerza armada. No está claro si este pacto fue concluido en febrero en el Ministerio de la Guerra o negociado en el Deutschland durante unas maniobras; es obvio, sin embargo, que el pacto se cerró.
Nunca se sabrá con certeza lo que sucedió en los consejos de las SA, de los líderes nazis y de los generales, en los meses de abril, mayo y junio de 1934. Está fuera de dudas que las pruebas documentales fueron destruidas y que, indiscutiblemente, muchos de los protagonistas lo fueron también. La versión oficial dada por Hitler el 13 de julio, contaba que Roehm había hablado con Schleicher y que ambos acordaron llevar a cabo un putsch que haría Vice-Canciller a Schleicher y obligaría a Hitler a consumar la «Segunda Revolución». Se pretendió que Gregor Strasser y el general von Bredow estaban implicados y que se hicieron gestiones cerca del embajador francés en busca de ayuda. El putsch era inminente para el 30 de junio y sólo podría ser atajado con las drásticas medidas que se tomaron en aquel día. Es muy probable que esto fuera una apología de exageraciones, medias verdades y mentiras.
Para principios de junio, Hitler posiblemente continuaría con su política conciliadora o intentaría arrullar a Roehm en el sentido de una falsa seguridad. Mantuvo una larga conversación con Roehm, de la que se sabe poco, acordando acudir a una conferencia de líderes SA para discutir el futuro del movimiento que tendría lugar en Wiessee, cerca de Munich, el 30 de junio. Se ordenó a las SA tomarse un permiso durante todo el mes de julio y el mismo Roehm partió en permiso por enfermedad el 7 de junio. Hasta mediados de mes, Goebbels celebró entrevistas furtivas con Roehm, de las que, al parecer, informó a Hitler, mientras éste haría seguramente un último esfuerzo por atraer de nuevo a Strasser a la vida política.
Entre tanto, los enemigos declarados de Roehm eran, indiscutiblemente, más decisivos. Goering, para entonces general de la Reicbswehr para su gran deleite, hacía bando con el ejército con la esperanza de convertirse en su supremo jefe, considerando por ello a Roehm como rival, mientras Himmler, resentido por la subordinación de las SS a las SA, y ambicioso por crear un imperio policial, estaba asimismo dispuesto a ir contra Roehm. En abril, Goering nombró inesperadamente a Himmler jefe de los efectivos de la Gestapo. El general von Reichenau, un gran simpatizante nazi y fuerza de choque dentro del Ministerio de la Guerra, se reunió varias veces con Himmler y no es arriesgado imaginar que planearan un golpe de gracia a la «Segunda Revolución».
Si Hitler dudaba todavía sobre si conceder a Himmler y Goering carta blanca, posiblemente los acontecimientos del 17-21 de junio le ayudaron a decidirse. Inesperadamente, Papen dio señales de vida pronunciando un discurso el 17 de junio en la Universidad de Marburg, que era una abierta crítica de la «Segunda Revolución» y del abuso de la propaganda nazi. El discurso fue redactado por Edgar Jung y Herbert von Bose, que trabajaban en la Vice-cancillería y Erich Klausener, que representaba al cristianismo y al elemento honrado del conservadurismo alemán. Aunque Goebbels destruyó apresuradamente las copias impresas del discurso, éste circuló ampliamente y Papen fue aclamado en su siguiente aparición en público. Las relaciones de Hitler con las derechas alemanas tradicionales se encontraban en una encrucijada y, el 21 de junio, cuando visitó a Hindenburg en Neudeck, Blomberg le informó que, a menos que fuera aflojada la actual tensión, el Presidente declararía la ley marcial y entregaría el poder al ejército. El futuro del régimen nazi estaba en entredicho.
Entre tanto, circularon rumores de un putsch SA, sin que hubiera pruebas. Sepp Dietrich, jefe del cuerpo de guardia SS de Hitler, preparó una lista de personas a las que las SA intentaban fusilar. Que esto es cierto, parece evidente por el hecho de que los generales Fritsch y Beck, a quienes enseñó la lista, estaban encabezándola. Circunstanciales pruebas sugieren que los líderes SA distaban de intentar un putsch para el 30 de junio, la fecha presunta. Karl Ernst, el líder berlinés, inició aquel día su luna de miel y Roehm se encontraba en Baviera de vacaciones con su «círculo de jóvenes», en espera de la llegada del Führer a Wiessee.
Había ciertamente malestar en las SA, pero estaba ocasionado, en parte, por temor a que el ejército se lanzara contra ellos. Semejante sospecha no carecía de fundamento. En la última semana de junio se cancelaron todos los permisos del ejército, Roehm fue expulsado de la liga de oficiales y apareció un artículo, firmado por Blomberg, en la Volkischer Beobachter, presentando clara la oposición del ejército.
Es casi seguro que las SS maquinaron lanzar al ejército y las SA las unas contra el otro, en tanto que hacían sus preparativos para eliminar a sus enemigos. Hitler sabía seguramente lo que se preparaba, pero es ya cuestión de opinión saber si animó a Goering y a Himmler a la acción del 30 de junio o fueron éstos quienes le persuadieron. Varios generales sabían también lo que se fraguaba pero, con su equívoco código del honor, se limitaron a facilitar armas, transporte y barracones para los escuadrones asesinos de las SS. Para el 29 de junio, el período de gestación o indecisión de Hitler, fuera lo que fuese, terminó. Voló de las tierras del Rhin a Munich, donde llegó a las cuatro de la tarde. Una columna de coches se dirigió a Wiessee. Roehm y sus lugartenientes fueron arrancados de la cama y conducidos a la prisión de Stadelheim, donde los hombres de Dietrich sirvieron de pelotones de fusilamiento.
En Berlín, Goering y Himmler habían entrado en acción el 29 de junio y, durante la semana, continuarían las ejecuciones. Karl Ernst fue atrapado cerca de Bremen y otros líderes SA fueron ejecutados en la academia militar de Lichterfelde, donde estaba acuartelada la policía personal de Goering. Schleicher fue acribillado en su propia casa y Bredow en el umbral de la suya. Strasser fue ejecutado en la prisión y Bose, Junk y Klausener fueron fusilados, en sustitución de Papen, cuya amistad con Hindenburg le salvó incluso de Goering.
Aquella semana fueron liquidados una buena parte de los primeros componentes. Gustav von Kahr de 73 años y en retiro, fue encontrado en una zanja, hecho pedazos. El padre Bernhard Stempfle fue muerto «cuando intentaba escapar». Como única posibilidad imaginable, su crimen consistiría en saber demasiado acerca de la enigmática cuestión de los amores de Hitler con su sobrina, Geli Raubal, en los años veinte. En Munich, Willi Schmid, un crítico musical, fue asesinado, confundido con un miembro de las SA. Su viuda, a resultas de esto, recibió una pensión del Estado, con el consejo de Rudolf Hess, el lugarteniente del Führer, de llorar a su marido como a un mártir de una gran causa.
El 3 de julio, una declaración en el Voelkischer Beobachter redactada por Reichenau, dio, en esencia, la misma explicación de lo sucedido, que daría Hitler diez días más tarde. De este modo, el ejército falseaba la justificación de lo que había sucedido, incluyendo el asesinato de dos de sus miembros. Se ha argüido que los generales pagaron sus graves faltas en 1934, pero el cuerpo de oficiales sobrevivió, como no lo hubiera hecho si Roehm hubiera llegado al poder. Las SS, fuera cuales fuesen las aspiraciones de Himmler, nunca consiguieron lo que Roehm había intentado y no llegaron a infiltrarse en el Alto Mando. Se permitió un establecimiento militar SS, pero éste continuaría reducido y disperso hasta 1942. Sólo después, en la derrota, se encontró el Alto Mando coartado ante una expansión de las SS Wajjen y entonces era ya demasiado tarde para que las SS se convirtieran en un rival de consideración, que sólo ocurrió en cuestiones internas de administración y disciplina, mientras que los generales del ejército, por su parte, continuaron manteniendo el control de las divisiones SS en el campo de batalla. El error del ejército había consistido en aceptar a Hitler en primer lugar y sus humillaciones posteriores no obedecieron a la purga sangrienta de 1934, sino a acontecimientos que, por entonces, eran imprevisibles.
Himmler salió más poderoso de la purga Roehm. Era un paso importante en la obtención del control de los órganos de policía en Alemania por parte de las SS. Viktor Lutze, sucesor nominal de Roehm, se acomodó gustosamente a un papel subordinado y las SS comenzaron a establecerse como un Estado dentro del Estado.
El Führer había alcanzado el poder absoluto. El 3 de julio decretó que las medidas adoptadas para suprimir el putsch pasaban a ser ley para la defensa del Estado en caso de emergencia. De ahí en adelante, cualquier delito cometido por los nazis sería, ipso facto, legal. Nueve días más tarde, los funcionarios legales del Reich fueron informados de que, a partir de aquel momento, su ley sería la voluntad del Führer.
El 2 de agosto murió Hindenburg y el ejército cumplió su palabra. Hitler pasó a ser Presidente y todos los grados juraron: «Juro por Dios este santo juramento: otorgaré mi incondicional obediencia al Führer del Reich del pueblo alemán, Adolf Hitler, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, y estaré dispuesto como un bravo soldado a entregar mi vida en cualquier momento por este juramento». Hitler había ya roto su promesa permitiendo la formación de una división armada SS, obediente a Himmler.
El 19 de agosto, el pueblo alemán fue invitado a aprobar mediante plebiscito la subida al poder de Hitler como Führer y Canciller del Reich. De los 45 millones y medio de votantes, el 95’7 % fueron a las urnas. 38 millones, o sea, el 89*9 % de los votos recogidos, dijeron «sí». Cuatro millones y medio dijeron «no» y 870.000 papeletas fueron invalidadas. Aunque no hay que olvidar estos cuatro millones y medio, la mayoría fue impresionante. La revolución nazi había recibido la confirmación popular.
Michael Thornton
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