 Sin perjuicio de las fichas correspondientes a su biografía, que se añadirán en su momento, ofrecemos un magnífico relato procedente de el díario EL MUNDO, publicado hace unos años.
Tanto la amante del Führer como la musa del régimen decidieron resistir en el sótano de la Cancillería hasta las últimas consecuencias
La reciente publicación de dos libros, uno del historiador Antony Beevor sobre la caída de la capital alemana ('Berlin 1945. The downfall'), y otro, una biografía sobre Magda Goebbels, han proporcionado nuevos datos sobre los últimos días del régimen nazi. Desde la perspectiva de las dos mujeres que más influyeron en la vida de Hitler, dos especialistas españoles en la materia completan esta fascinante historia ocurrida a finales de abril de 1945.
«La idea de ir a Berlín me parece increíble; es decir, no lo creeré hasta que me encuentre realmente en la Cancillería del Reich.Esperemos que todo salga bien. No quiero hacerme ilusiones, pero si todo sale bien, será maravilloso», escribía Eva Braun en su diario en 1935, cuando fantaseaba con la última promesa de Hitler, «el hombre más grande de Alemania y aun del mundo», de llevarla con él a la Cancillería.
Y en la Cancillería estaba a mediados de aquel horroroso mes de abril de 1945, sólo que en un estrecho subterráneo que olía a humedad y que siempre parecía mal ventilado. Estaba allí para morir con el hombre que había amado desde que lo conociera en la tienda de fotografías de Hoffmann, en Munich, y por cuyos alejamientos y ausencias había intentado suicidarse un par de veces. Ahora iba a morir, lo sabía y lo aceptaba con resignación vacuna; nunca había sido nadie; había vivido en la trastienda de Hitler, conocida por muy pocos, lejos siempre de los fastos del nazismo, plenamente dedicada a amar a Hitler, siempre sufriendo por las aventuras reales o inventadas que el dueño de Alemania tenía con las más hermosas mujeres que pasaban por la capital del Reich.
Ahora, aunque fuese al borde de la muerte, lo tenía por entero para ella.
No era el caso de la otra gran dama del búnker, Magda Goebbels, una mujer de mundo, realmente la musa nórdica de la Cancillería.Conocía a Hitler desde 1931 y seguramente se había sentido amada por él con ese extraño amor propio del Führer, educado, amable, mucho más posesivo que sexual. Mientras todo se hundía alrededor de ellos, Magda recordaba las veladas de los viejos buenos días de la conquista de la Cancillería.
Joseph y ella eran la única familia del Führer, que si no tenía compromisos ineludibles se refugiaba en su casa para oírla tocar el piano y atiborrarse, tras la cena, con sus dulces... Luego Adolf y Joseph podían discursear hasta altas horas de la madrugada, mientras ella se dormía en el sofá junto a ambos. El Führer se convirtió, también, en el protector de su matrimonio, puesto a prueba por las muchas infidelidades de Joseph y por las represalias del mismo género que, a veces, se había tomado ella... No muchas, realmente, pues desde que se había casado casi siempre se recordaba embarazada. Seis hijos había tenido de Joseph Goebbels, por cierto que las más pequeñas, Hedda y Heide, de siete y cinco años, jugueteaban en aquellos momentos con Adolf en su cuarto de baño, el único que en el búnker tenía bañera.
Mientras llegaba el apocalíptico final del Tercer Reich, mientras caía sobre Berlín una lluvia de fuego y destrucción, mientras los soviéticos se hallaban ya a las puertas de la capital, mientras se desvanecían las últimas esperanzas, ella no podía permitirse renunciar, porque la vida de sus seis hijos estaba en juego.Sabía que su muerte era la única salida, sabía que aquellos niños serían las chivos expiatorios de los terribles errores de su padre y del tío Adolf. Era evidente que tenían que morir y que debía ser ella, la que les había dado la vida, quien se la arrebatara.Tenía que ser así, pero todo se le rompía por dentro y atendía ansiosa cualquier atisbo de esperanza.
Por eso, mientras Eva parecía resignada, casi indiferente ante la general ruina, ella apoyaba al Führer y a su marido, que exigían al pueblo alemán y, más concretamente, al berlinés, una resistencia numantina, dispuestos a llevarse a todos por delante antes que capitular.
LA HORA DE STALIN Para Hitler, la derrota final resultaba doblemente amarga porque eran los soviéticos y no los occidentales quienes cerraban una implacable tenaza sobre Berlín. Varias razones se entrelazaron para que la capital alemana cayera en manos de Stalin.
Se asegura que los norteamericanos temían una brava resistencia alemana y la pérdida de millares de hombres -según el general Omar Bradley, 100.000-, en la batalla por la capital alemana.Pero en Berlin 1945. The downfall, que acaba de aparecer, el prestigioso historiador británico Antony Beevor sugiere que la inhibición estadounidense pudo deberse a una concesión verbal del presidente norteamericano Roosevelt a Stalin, para que éste declarara la guerra a Japón y apoyara su más querido proyecto, la fundación de Naciones Unidas.
Stalin habría aprovechado la circunstancia para convencer al presidente de EEUU de que sus soldados concentraran su esfuerzo en el frente italiano, para que los alemanes no pudiesen retirar sus divisiones y usarlas en Austria. Eso dejaría el camino libre a Berlín al Ejército Rojo. Más aún cuando Roosevelt, ante la desesperación de Churchill, no pensaba que la ciudad fuera un objetivo importante, sino más bien un incordio con sus millones de habitantes hambrientos y montañas de ruinas. Y de ahí las instrucciones secretas a Eisenhower, quien, en contra del mando británico, sacó adelante su renuncia a Berlín con el apoyo del general Marshall, mientras Roosevelt moría el 11 de abril de 1945.
CARRERA POR EL URANIO Stalin estaba preocupado porque los alemanes no ofrecían resistencia a los occidentales, mientras que peleaban con fiereza contra los soviéticos. Pero además, según la tesis de Beevor, tenía entre manos un gran proyecto que no quería arriesgar por nada: desde mayo de 1942, sabía que Estados Unidos y Gran Bretaña estaban trabajando en una bomba de uranio. En 1945 aparecieron yacimientos de uranio en Kazajistán, pero proporcionaban tan exiguas cantidades, en comparación con las necesidades, que la única posibilidad atisbada por Stalin para fabricar la bomba era hacerse con los depósitos acumulados por los alemanes. Sus espías se enteraron de que se almacenaba en el Instituto de Física Káiser Guillermo, en Dahlem, zona residencial del suroeste de Berlín. En un edificio, bautizado como La Casa de los Virus para desalentar la curiosidad, los alemanes llevaban a cabo su propio programa de investigación nuclear.
La ambicionada toma de Berlín, aparte de las razones políticas, estaba provocada en gran medida por la fiebre del uranio y la oportunidad de capturar a los científicos alemanes que se encontraban dedicados a la investigación nuclear. El inminente colapso del Tercer Reich, ya perceptible a finales de marzo, acrecentó la ansiedad de Stalin, quien no descartaba que, en el último momento, los alemanes se acercaran a EEUU y Gran Bretaña para frenar el avance soviético hacia el corazón de Europa.
El 3 de abril, los mariscales soviéticos Zhukov y Koniev abandonaron Moscú y regresaron a sus cuarteles generales del I Frente Bielorruso y del I Frente Ucraniano, respectivamente, apuntados hacia Berlín.
Llegaban con órdenes recibidas directamente de Stalin: había que entrar en la capital alemana el 22 de abril, para hacer coincidir la victoria con el cumpleaños de Lenin.
PESIMAS NOTICIAS «¡Mein Führer!, ¡Mein Führer!». El mayordomo, Heinz Linge, golpeó con energía la puerta de la habitación de Hitler. «¡Nos atacan los rusos... sus cañones disparan ya sobre Berlín!». Hitler se levantó apresuradamente, aunque sólo eran las 11.00 h. de la mañana, una hora temprana para él, que solía acostarse tarde y casi nunca se levantaba antes de mediodía.
Se reunió con su ayudante militar, el general Burgdorf, en la habitación de los mapas, un espacio reducido, como todos los del búnker. Allí comprobaron que el avance soviético había sido tan rápido en las últimas 24 horas que habían instalado una batería de 150 mm. en Marzahn, a 19 kilómetros de Berlín, y desde allí enviaban su primer mensaje mortal.
La situación no podía ser más angustiosa para Alemania al amanecer del 21 de abril de 1945. Se estaba batiendo en todos los frentes en una inferioridad de uno a tres, cada vez era más angustiosa la escasez de armamento, de combustible y de municiones y, sobre todo, los aliados eran dueños absolutos del aire. Lo único coherente era capitular, pero Hitler no era un hombre coherente.
La víspera, el 20 de abril, había cumplido 56 años. De aquellos días nos ha quedado la descripción de un coronel de Estado Mayor: «Avejentado, encorvado, con el rostro abotargado y de un enfermizo color rosáceo, pero su mirada era tan clara y calma como siempre». Hitler era una ruina humana, pero seguía confiando en su destino. La guerra cambiaría de curso, llegarían las nuevas armas que decidirían la victoria. Lo único que se precisaba era tiempo. Ese mismo día despachó a la mayoría de sus colaboradores hacia los Alpes bávaros y austriacos para que acelerasen los preparativos de La fortaleza alpina, el reducto inexpugnable en el que el Reich resistiría hasta que llegasen las nuevas armas con que alcanzarían la victoria. Tal reducto comprendía buena parte de Bohemia, Moravia, Austria y Baviera, unos 90.000 kilómetros cuadrados dotados de una geografía fácilmente defendible, pero La fortaleza alpina era pura entelequia. El coronel de las SS Otto Skorzeny, que fue enviado allí a mediados de abril para organizarla, se preguntaba: «¿Dónde están los víveres y municiones?, ¿Dónde los depósitos de armas?». Inmerso en esas fantasías, el 21 de abril Hitler movía ejércitos inexistentes para frenar las penetraciones soviéticas en el Oder.
En la rutinaria reunión de guerra del domingo 22 de abril, Hitler estaba ansioso por saber los resultados de las fantásticas ofensivas ordenadas y sólo pudo ver que la tenaza soviética se cerraba sobre Berlín. De pronto, se levantó, golpeó la mesa y comenzó a gritar: «¡La guerra está perdida!». Con los ojos desorbitados, rojo el semblante y un violento temblor en todo el lado izquierdo de su cuerpo, Hitler siguió chillando histéricamente: «¡Se equivocan si creen que ahora voy a abandonar Berlín! ¡Antes me pego un tiro en la cabeza!». Luego telefoneó a Goebbels al Ministerio de Información y Propaganda: «¡Joseph, he decidido quedarme en Berlín, dar aquí mi última batalla!».
A continuación le pidió que se trasladase al búnker de la Cancillería.
Los Goebbels -Joseph, Magda y sus seis hijos- cambiaron el búnker del Ministerio por otro conectado con el del Führer. Fue aquél un momento trascendental. Hitler se dio cuenta por vez primera de que la guerra estaba perdida, de que La fortaleza alpina era una quimera y de que no habría nuevas armas. Decidió aplicar al caso algo que siempre le había conmovido en la tradición de los marinos: el capitán no se rendía, sino que se iba al fondo del océano amarrado al timón de su buque. El 22 de abril, Hitler decidió morir con Berlín, la ciudad que él había soñado como la más hermosa del orbe. No lo haría solo. Eva Braun, su amante, había decidido morir a su lado. Con esa finalidad se había presentado en Berlín el día 15, cuando la ciudad estaba casi cercada, abandonando la hermosa casa y los maravillosos paisajes tranquilos de Berchtesdaden y optando por el riesgo y la incomodidad del búnker de la Cancillería, angosto, húmedo y maloliente. Hitler la recibió con muestras de contento, aun cuando Eva había desobedecido sus órdenes. El 22 de abril Hitler intentó de nuevo ponerla a salvo, ofreciéndole que se trasladase en avión a Baviera, pero Eva se negó. Lo mismo hicieron sus secretarias Frau Junge y Frau Chistian. «¡Ojalá mis generales fueran tan valientes como vosotras!», sentenció el Führer.
EVA, LA MODELO La compañera elegida por Hitler para aquella última singladura de su vida era un personaje incoloro, «una muchacha que apenas se distinguía de las mecanógrafas cuando se hallaba entre ellas.Estaba a punto de morir y lo único que parecía fastidiarle era que Hitler hubiese envenenado a su perro Blondi», declaró a los servicios secretos aliados Erna Flegel, una de las enfermeras que permanecieron en el búnker hasta el último momento.
Eva Braun, nacida en Munich, en 1912, trabajaba como modelo, secretaria y dependienta en el estudio de Heinrich Hoffmann, que era el fotógrafo oficial de Hitler desde que éste se convirtiera en una de las estrellas de la política alemana en 1923. Era una muchacha rubia, atlética, de cara redondeada, ojos azules y amplia sonrisa. Suplía su carencia de formación intelectual con resolución y una notable inteligencia.
En el estudio de Hoffmann la conoció Hitler en 1929 y al fotógrafo no se le escapó que le había impresionado. En adelante enviaba a Eva a llevar las fotografías que servía al futuro canciller semanalmente. Se ignora si existieron relaciones íntimas entre ellos mientras vivió Geli Raubal, pero a comienzos de 1932 -apenas medio año después de la muerte de la medio sobrina y, probablemente el gran amor de su vida- Hitler la convirtió en su amante. Eva tenía entonces 20 años. Adolf, 43.
TORMENTOSO PASADO Su presencia junto al Führer durante 13 años, sin embargo, nunca le dio la proyección pública que tuvo Magda Goebbels, verdadera primera dama oficiosa del nazismo. Nacida el 11 de noviembre de 1901 en Berlín, Magda era hija natural de Auguste Behrend, una criada, y probablemente del ingeniero Oskar Ristchel, que se casaría con ella después sin dar a la niña su apellido.
Los padres se divorciaron al poco y, mientras Auguste volvía a casarse, el padre se llevó a la niña a Bélgica, donde se crió en internados. Cuando estalló la I Guerra Mundial, Magda fue expulsada de Bélgica, como les ocurrió a todos los alemanes, y pasó los años de la guerra como refugiada en Berlín. Será el primero de una serie de reveses en su vida, que a juicio de la biografía Magda Goebbels, que acaba de publicar la periodista Anja Klabunde, pueden ayudar a explicar la indiferencia de Magda hacia el sufrimiento de los europeos durante la II Guerra Mundial.
De los años de la guerra en Berlín queda una segunda decepción, esta vez amorosa. Magda conoció a Victor Arlosoroff, un socialista judío muy identificado con la causa sionista, con el que incluso planeó emigrar a Palestina. Pero, acabada la guerra, Victor se enamoró de una muchacha judía. En 1933, Arlosoroff fue asesinado en un atentado en Palestina que los sionistas consideraron siempre obra de Goebbels.
Tras el desengaño, Magda conoció a un hombre que iba a suponer un giro radical en su vida de modestia económica cuando no de penuria: el industrial Günther Quandt, un caballero de casi 40 años, recién enviudado, con el que coincidió en un tren y que tras unas semanas de cortejo le propuso matrimonio.
A pesar de la diferencia de edad y de que tenía que convertirse del catolicismo al protestantismo, Magda aceptó. El matrimonio fue un fracaso. Quandt era un hombre frío que confundía amor con generosidad económica, pero la pareja tuvo un hijo, Harald, del que Magda no se separaría hasta que la guerra le obligó a ir al frente. Su nuevo estatus le permitió aprender a comportarse como una persona de la alta sociedad adquiriendo unas habilidades sociales que le serían muy útiles cuando se convirtiera en la primera dama del nuevo régimen.
Tras divorciarse de Quandt, en 1929, Magda empezó a frecuentar el Club Nórdico, una institución fundada en 1909 que defendía la superioridad de los nórdicos y que para esta época simpatizaba abiertamente con la ideología nazi. Su vínculo con el nazismo se estrechó probablemente cuando fue a escuchar a Goebbels a un mitin en el Palacio de Deportes.
Poco después se unió al partido nazi. Por el círculo social del que procedía fue bien recibida y ella se implicó intensamente desde el principio. En 1930 fue nombrada secretaria de Goebbels.De los diarios de éste y de los testimonios de contemporáneos, se deduce que ambos se enamoraron a primera vista. Y a través de Joseph conoció a Hitler, en quien ejerció una gran influencia de inmediato. De ella dijo: «Esta mujer podría desempeñar un papel importante en mi vida, incluso aunque no me case con ella.Podría ser el polo opuesto, femenino, de mis instintos masculinos».
Magda entró en el círculo íntimo del líder nazi y su relación con Hitler pasó a ser el complemento platónico de la que mantenía con Goebbels. Los tres formarían un trío en el que Magda desempeñó el papel de musa del Führer y consorte de su lugarteniente. Como a Eva, Hitler le insistió para que huyese antes de la derrota total. Y como Eva, se negó.
UN MAR DE RUINAS Antes de la guerra, Berlín era la mayor ciudad de Europa y, con sus suburbios industriales, ocupaba 900 kilómetros cuadrados, en los que vivían cuatro millones y medio de habitantes. La ciudad a la que se acercaban los soviéticos era bien diferente. Sobre ella habían lanzado los aliados occidentales más de 60.000 toneladas de bombas, que habían causado más de 50.000 víctimas e ingentes destrozos hasta el punto de que se calculaba que un tercio de las viviendas eran inhabitables.
La población había descendido a menos de tres millones. De ella faltaban los soldados que combatían en los frentes, los muertos y cientos de miles de familias que perdieron sus medios de vida y emigraron. La vida era muy difícil: en el aire flotaba continuamente una nube de polvo y humo; raro era el día que no se cortaba el agua, la luz o el teléfono, o que no había que salir precipitadamente a refugiarse de un ataque aéreo. Además, la dieta alimenticia estaba sujeta a un duro racionamiento. Aún acudían al trabajo unos 600.000 berlineses, empleados en los servicios y en las fábricas de armamento. Y no menos de 200.000 trabajaban en obras de fortificación en los arrabales de la ciudad.
Encargado de la defensa estaba el general Reimann, que rebañó unos 90.000 combatientes. Se trataba de muchachos de 15 y 16 años pertenecientes a las Juventudes Hitlerianas; de hombres incluso con más de 60 años, militarizados por la Vokssturm, y policías, a los que se armó con los restos de los arsenales.Un Ejército miserable para defender Berlín, tanto que el general Heinrici, jefe del grupo de ejércitos que defendía el Oder, tenía el propósito de declararla ciudad abierta, pues la defensa, aparte de inútil militarmente, causaría enormes estragos humanos y formidables pérdidas materiales.
Pero Hitler deseaba que la ciudad se convirtiera en un nuevo Verdún. Para ello, Goebbels obligó a aquel Ejército de niños y ancianos a combatir bajo este fanático juramento: «Juro que seré incondicionalmente fiel al Führer del Reich alemán, Adolf Hitler. Juro que combatiré valerosamente por mi hogar y el futuro de mi patria». La sola sospecha de deserción podía suponer la muerte. A partir del 19 de abril comenzó a ser frecuente el macabro espectáculo de viejos o niños ahorcados de árboles o farolas, con un cartel que decía: «He sido ahorcado por traidor a mi patria».
A partir del 22 de abril, tras el hundimiento del frente del Oder, muchas unidades fueron arrojadas contra la ciudad por la propia ofensiva soviética, mientras que a sus calles llegaban millares de soldados. Así lograron reunir cerca de 200.000 hombres para defender Berlín, pero en gran parte su valor militar era escaso. Entre las unidades rechazadas por los soviéticos hacia el casco urbano estaba el 56º Panzer Korps, mandado por el general Weidling, que inmediatamente fue nombrado por Hitler jefe de la defensa de Berlín.
LA TRAICION DE GOERING Cuando Hitler decidió, en la tarde del domingo 22 de abril, perecer en su capital, los soviéticos ya habían cerrado su tenaza. Koniev desde el sur y Zhukov desde el norte unían sus fuerzas en Ketzin, al oeste de Berlín. Hitler tenía a las tropas de Stalin a 16 kilómetros.
Ese 23 de abril pasaría a la Historia por la traición de Goering.El mariscal le mandó esa noche un telegrama que reflejaba los propios encargos del Führer: «Vista vuestra decisión de quedaros en la fortaleza de Berlín, ¿accedéis a que asuma inmediatamente la Jefatura General del Reich, en calidad de lugarteniente vuestro, de acuerdo con vuestro decreto de 29 de junio de 1941, con completa libertad de acción, tanto en el interior como en el exterior?».
Hitler permaneció casi indiferente cuando Bormann le leyó el telegrama, pero aquella noche Goering no estaba de suerte: en el búnker vivían dos declarados enemigos suyos, Bormann y Goebbels, y convencieron a Hitler de que aquello era un intento de golpe de Estado, de una traición... Hitler ordenó que Goering fuera arrestado inmediatamente.
LA PRINCIPAL VICTIMA Las escasísimas posibilidades que aún existían de parar la guerra en aquel punto quedaron abortadas. Berlín iba a ser la principal víctima. No menos de medio millón de soldados soviéticos participaban directamente en el ataque, apoyado por más de un millar de carros de combate y cañones de asalto, por el fuego ininterrumpido de más de 2.000 cañones y morteros y por el bombardeo aéreo incesante.El consumo soviético de municiones fue fantástico: un promedio de 4.000 toneladas diarias en los 10 días que duró la lucha: 400 vagones de ferrocarril o 1.000 camiones de la época.
La población civil, cobijada en sótanos, túneles del metro o refugios antiaéreos, seguía los combates hambrienta y aterrada; conforme avanzaban los soviéticos, iba pasando a sus manos sufriendo en el cambio vejaciones, robos y violaciones. Beevor calcula que dos millones de mujeres alemanas fueron violadas por el Ejército soviético en su avance hacia Berlín. La defensa fue extraordinariamente efectiva, aunque los avances soviéticos resultasen importantes: el 24 de abril entraban en Dahlem y se apoderaban de los 250 kilos de uranio metálico y las tres toneladas de óxido de uranio que encerraba La Casa de los Virus. El 25 de abril tomaron el aeropuerto de Tempelhof y la ciudadela de Mitte. El 26, cayó en sus manos el barrio de Zehlendorf, cuyo Ayuntamiento fue defendido hasta el final por muchachos de las Juventudes Hitlerianas, que resultaron carbonizados por medio de lanzallamas. Muchos de esos actos de resistencia numantina fueron forzados por la política de «responsabilidad familiar» inspirada por Goebbels: «El exterminio de las familias de los que se rindan es un deber racial de la tradición germánica».
Con todo, los soviéticos seguían avanzando: el viernes, 27 de abril, las tropas de Zhukov tomaron Spandau y Pankov, mientras que las de Koniev avanzaban por Köpenick... El sueño de Hitler encogía: del Reich milenario y universal sólo quedaba un reducto de 10 kilómetros de largo por cuatro de ancho.
Tres libros reveladores
Este relato se basa en tres libros recientes: El último día de Adolf Hitler, de David Solar; Berlin 1945. The downfall, de Antony Beevor; y Magda Goebbels, de Anja Klabunde.
En el primero, partiendo del disparo que acabó con su vida en la tarde del 30 de abril de 1945, y del análisis de las últimas 36 horas de Hitler, el historiador y periodista David Solar desentraña de manera retrospectiva las claves que condujeron al ascenso del Führer y al estallido de la Guerra.
La obra de Antony Beevor traza un cuadro espeluznante del comportamiento de los soldados del Ejército Rojo en los territorios alemanes que iban ocupando, tras exhumar miles de testimonios inéditos de los archivos soviéticos y de otros recién abiertos de Gran Bretaña, Francia, Suiza y Estados Unidos.
Por último, la biografía de Magda Goebbels que acaba de publicar la periodista Anja Klabunde es una investigación histórica y psicológica sobre cómo la irresistible llamada del poder llevó a una joven de familia humilde, intrascendente y sin excesiva formación, a convertirse en el rostro femenino del nazismo tras su unión con el jefe de propaganda de Hitler.
Hitler no soportó las 'puñaladas' de Goering y de Himmler; decidió casarse, hacer testamento y luego... suicidarse
Ocultos en el búnker de la Cancillería, bajo el fragor de las bombas, Adolf Hitler y Eva Braun contrajeron matrimonio. La ocasión era muy distinta a aquélla de 1931, cuando Goebbels y Magda se casaron con el Führer como testigo. Hitler pareció rejuvenecer al dar el sí a la mujer que le había acompañado durante los últimos 14 años. Un solo instante de felicidad en medio del infierno.Berlín agonizaba nueve metros por encima de aquel sótano. Al día siguiente, la bandera soviética ondeaba en lo alto del Reichstag.
Joseph Goebbels y Magda Quandt el día de su boda, en Severin. Junto a ellos, el hijo de Magda y, detras de él, Hitler, con sombrero. / AP Adolf Hitler, vestido con pantalón negro y chaqueta azul marino cruzada, con botones metálicos y una sola condecoración de las conseguidas como combatiente en la Primera Guerra Mundial, charlaba animadamente con sus últimos incondicionales, Martin Bormann y Joseph Goebbels.
Junto a ellos formaban otro grupo Eva Braun, Magda Goebbels, las secretarias del Führer -Frau Junge y Frau Christian-, y Fräulein Manzialy, la especialista en cocina vegetariana. Eva vestía un traje de tarde, de seda negra, con escote de pico en el que lucía su único adorno, una pequeña medalla de oro.
Más lejos, en aquel corredor de unos tres metros de ancho y 17 de largo, forrado de madera y decorado con cuadros italianos, hacían un aparte los generales Krebs y Burgdorf, jefe del Estado Mayor de la Wehrmacht y ayudante de Hitler, respectivamente.
Era la 1.00 de la madrugada del 29 de abril de 1945 y todos esperaban la llegada de un funcionario municipal que se ocupara de los trámites legales: Adolf y Eva se casaban.
La intempestiva escena se desarrollaba en el corredor central del búnker de la Cancillería de Berlín, que vibraba intermitentemente a causa de los disparos de la artillería soviética, cada vez menos activa por falta de blancos contra los que tirar. El imperio soñado por Hitler se había reducido casi a la nada y su voluntad de resistencia se había desplomado, súbitamente, unas horas antes.
DIAS DE TRAICION La avioneta Fieseler Storch alcanzó Berlín a primera hora de la tarde del 28 de abril, escondiéndose entre las nubes y las negras columnas de humo que ascendían hasta el cielo de la capital del Reich, convertida en un volcán. Conducía el ligero aparato la famosa piloto de pruebas, Hanna Reitsch y la acompañaba el general Ritter von Greim.
Dieron una pasada por el centro de la ciudad, buscando un sitio donde aterrizar, y quedaron desolados. El Berlín controlado por Hitler ya no tenía aeropuertos donde pudieran llegar los escasos aviones de transporte disponibles. Algunos aparatos ligeros aterrizaban en el gran eje Este-Oeste, que fue lo que justamente hizo Hanna Reitsch, con grandes apuros pues al descender fueron alcanzados por el fuego de las ametralladoras soviéticas y el general resultó herido en un pie.
Ritter von Greim alcanzó la Cancillería, donde había sido convocado con toda urgencia por Hitler, en tan malas condiciones que debieron operarlo e ingresarlo en la enfermería del búnker. Hasta allí acudió el Führer para comunicarle que le hacía entrega del mando de la Luftwaffe.
El general quedó literalmente alelado: Hitler le había obligado a jugarse la vida trasladándose al Berlín cercado para ofrecerle el mando de un arma que no tenía casi aviones, ni gasolina, ni municiones, ni aeropuertos. Supuso que el Führer trataba de mantener una apariencia de normalidad y, sobre todo, quería a un aviador con quien lamentar la traición de Goering, el jefe de la Luftwaffe: «¡Un ultimátum! ¡Eso ha sido su nota! ¡Un torpe ultimátum! ¡Nada queda ya! ¡Tengo que sufrirlo todo! ¡No ha habido deslealtades, ni faltas al honor, ni desengaños de que no me hayan hecho víctima; ni ha habido traiciones que yo no haya tenido que soportar!»
Hitler estaba sentado a los pies de la cama de Ritter von Greim quejándose o dibujando castillos en el aire, cuando le trajeron un teletipo de la agencia Reuters, fechado en Estocolmo, que daba cuenta de las negociaciones abiertas por Himmler con la diplomacia sueca para tratar de llegar a una paz separada con los angloamericanos.
Hitler montó en cólera, ordenó la destitución de Himmler y ordenó a Von Greim que abandonara rápidamente Berlín y capturase al traidor, que había tenido en sus manos la seguridad del Reich durante una década. Luego se retiró a su despacho acompañado por Bormann y Goebbels. En aquella reunión decidió que había llegado al final: se casaría, haría testamento y luego se suicidaría.
Aunque la traición de Himmler tenía algo que ver en su propósito, más importante fue, probablemente, la información que estaba recibiendo del general Weidling: el perímetro defensivo de Berlín se reducía; escaseaban las municiones; las tropas de Zhukov, tras 24 horas de continuos asaltos, habían logrado franquear el puente de Moltke sobre el río Spree, aunque sus carros lo atravesaron aplastando los cadáveres de centenares de soldados rusos caídos en su intento de cruzarlo; el poderoso búnker de Zoo estaba siendo asaltado; los soldados de Bersarín, jefe del V Ejército soviético, habían limpiado de defensores la zona de la Puerta de Halle y Belle Aliance...
IN ARTICULO MORTIS La boda con Eva Braun fue, probablemente, un gesto de agradecimiento hacia la mujer que le había acompañado durante los 14 últimos años y que se encerró en el búnker pudiendo haber elegido quedarse en Munich y, quizás también, una manera de legalizar su situación a efectos testamentarios.
Tras las firmas de los documentos del matrimonio, los asistentes abandonaron el cuarto de mapas, donde había tenido lugar el acto y salieron al pasillo donde les felicitaron una docena de personas.Los novios y sus invitados componían el cuadro típico de una boda. Eva Braun recibía las felicitaciones de los caballeros y de las damas; aquéllos le besaron la mano; éstas, las mejillas y ella sonreía feliz a todos, volviendo frecuentemente la vista hacia su marido, que alegre y rejuvenecido, recibía los parabienes de todos.
Alguien tenía una máquina fotográfica y captó la escena: Hitler posó serio, pero con mucho mejor aspecto que el anciano prematuro de fotografías anteriores; Eva le tomaba del brazo, esbozando una sonrisa; tras los recién casados, las secretarias Christian y Junge. En la antesala del despacho de Hitler se había dispuesto una cena fría y champán.
Acompañaron a los novios el matrimonio Goebbels, Bormann, las dos secretarias, la cocinera y los generales Burgdorf y Krebs.La conversación fue animada y los Goebbels centraron la atención de todos pues su boda, apadrinada por Hitler, era uno de los mejores recuerdos de los buenos tiempos.
Al Führer le costaba reconocer en aquella Magda Goebbels, ajada, ojerosa, pálida y medio enferma, a la mujer elegante y preciosa que había conocido en 1931. En aquella época, Joseph carecía de ingresos para casarse con ella, pero Hitler le subió el sueldo y el agitador nazi pudo unirse a Magda en una ceremonia wagneriana organizada por el director teatral Walter Granzow.
El matrimonio se celebró en diciembre de ese mismo 1931. Para entonces la villa del pueblo de Severin, que Magda usaba con permiso de su ex marido, Quandt, era un lugar de cita de los jefes nazis y Hitler y su entorno pasaban a veces los fines de semana en ese reducto natural para huir del bullicio de Berlín.
CRUZ SOBRE ESVASTICA La boda tuvo lugar en la pequeña iglesia de Severin porque se temía que una celebración pomposa en Berlín provocara protestas y manifestaciones en la capital. Hitler fue testigo de los novios y para la ceremonia, el altar de la iglesia estuvo decorado con la bandera de la esvástica, sobre la que se colocó un crucifijo en el centro exacto.
Magda vestía de seda negra con un chal blanco de encaje de Bruselas que había llevado en su primera boda. En la foto que alguien tomó del cortejo nupcial, Hitler aparece tras los novios llevando de la mano a la madre de Magda. Harold, el hijo de Magda y Quandt, de nueve años, iba vestido con el uniforme de las Jungvolk.
Al día siguiente, la prensa antinazi tituló: «Goebbels se casa con una judía». La falta de claridad sobre los orígenes exactos de Magda; su cambio de apellidos, alguno de ellos aparentemente judíos como el de Friedländer y sus devaneos juveniles con Víctor Arlosoroff, habían dado origen a rumores sobre su procedencia judía que ahora los enemigos de Goebbles usaban para tratar de ridiculizarlo.
Los recién casados se establecieron en un apartamento en la Reichkanzlerplatz. Hitler comía a menudo allí y Magda ayudaba en la cocina, porque el líder nazi temía siempre que le envenenaran. Fue en esa época cuando Hitler y Goebbels aprendieron la etiqueta y los modales de la alta sociedad en la mesa, así como a comer langosta o caviar correctamente y a pronunciar bien las palabras extranjeras.
En 1933, cuando Goebbels se convirtió en ministro de Información y Propaganda, Magda se vio finalmente catapultada a la cima del poder. Probablemente Hitler sintió un amor platónico hacia ella y en su casa tuvo la única vida familiar de que disfrutó nunca.
Magda, más preparada intelectual y socialmente que Eva, supo influir en ambos hombres. El aspecto de Goebbels cambió hasta el punto de que se trató de convertir en un caballero elegante.Pasaba una hora diaria en la lámpara de rayos solares para broncearse, le hacían la manicura todo los días, el mejor zapatero de Berlín le fabricaba las suelas especiales para que no se notara mucho su cojera, sus trajes procedían de los sastres más caros. Magda fue siempre un paradigma de la elegancia de los años 30. Incluso cuando Berlín estaba en los peores meses de 1945, se seguía encargando ropa a medida y manteniendo un aspecto aristocrático e impoluto.
Durante esos años tuvieron seis hijos: Helga (1932), Hilde (1934), Helmut (1935), Holde (1937), Hedda (1938) y Heide (1940).
Hitler siguió siendo un asiduo del hogar de los Goebbels, donde jugaba con la idea de ser el tío Adolf para los niños. Con frecuencia llegaba a eso de las 8.00 de la tarde con un solo ayudante y el director de la compañía Mercedes Benz. «Hitler saludaba a Magda con mucha dulzura y mi hija le servía pudin de caramelo, que le gustaba mucho», escribió Goebbels.
Magda, según testimonios, cambiaba radicalmente en presencia de Hitler, su estilo tranquilo se desvanecía y se ponía muy nerviosa para complacer al Führer, con el que derrochaba sus encantos.
En octubre de 1940, al año de empezar la contienda, Magda tuvo su sexto y último hijo, una niña a la que llamó Heide. Durante la guerra, los vástagos de los Goebbels llevaron una existencia plácida en la localidad de Lanke, donde iban en pony a la escuela y jugaban con los animales del parque de su residencia, rodeados de granjeros y gentes del pueblo que, en general, tenían mejores condiciones de vida que los de la ciudad.
Cuando Goebbels tenía tiempo de acercarse en coche hasta Lanke nunca dejaba traslucir los problemas de la guerra y siempre estaba de buen humor para jugar con sus hijos.
Magda, sin embargo, bebía y fumaba cada vez más, caía en largas depresiones y sufría constantes achaques. Su situación mejoraría cuando, ante la inminencia del final de la guerra, los Goebbels superaron las diferencias que les habían ido separando por las infidelidades de Joseph y se unieron de nuevo ante la adversidad.Goebbels utilizaba a su esposa como elemento de apoyo personal y ambos pasaban largas horas cogidos de la mano.
Justo antes de las Navidades de 1944, Hitler efectuó la última visita al hogar de los Goebbels. El Führer era ya el desastre físico de hombros hundidos y brazos inertes de sus últimos meses.
Fue la última Navidad. Hubo árbol con velas y regalos para los niños, pero al ambiente general era triste y Magda ya había perdido la esperanza de que la situación cambiara.
«El año que viene habrá paz definitiva», le dijo a su secretaria en un presagio fúnebre. En el búnker, la profecía estaba ahora a punto de cumplirse.
En su deprimente boda, Hitler comió poco y sólo bebió agua. Pero cuando aparecieron por casualidad los coroneles Günsche y Below, ayudante personal del Führer y ayudante para la Luftwaffe, respectivamente, Eva Braun les invitó a brindar con ellos y consiguió animar a su esposo para que también lo hiciera, aunque éste accedió de forma casi simbólica.
Luego, la fiesta comenzó a languidecer y los presentes se dividieron en dos grupos. Hitler, Bormann y Goebbels estaban obsesionados por las traiciones de los amigos con los que habían compartido dos décadas de lucha y poder. Hitler no podía digerir las puñaladas de Goering y de Himmler.
En el otro grupo, que se había refugiado más en el champán, también se fue desvaneciendo la conversación, entrando en una especie de velatorio en el que rodaron algunas lágrimas.
Los largos silencios se veían rotos por el fragor de la guerra, pese a que el techo del búnker tenía un espesor de tres metros de hormigón armado y que sobre él había seis metros de tierra apisonada. La estructura vibraba cada vez que disparaba la artillería pesada soviética y en la pequeña sala fue imponiéndose aquel trueno lejano y el tintineo de las finas copas de Bohemia.
EL ULTIMO DOMINGO Al amanecer del domingo 29 de abril no cambiaron las cosas. Siguieron los feroces combates a lo largo del río Spree, Königs Platz, Kurfürsten Platz, Zoo, Alexander Platz, Mercado Central, estaciones de Potsdam, Wansee y Anhalt. En algunas zonas, los soldados soviéticos estaban ya a menos de un kilómetro del búnker.
El día era cálido y azul, aunque el cielo no se viera a causa del humo de los incendios y del polvo levantado por los explosivos.Pero los berlineses que padecían el terremoto, aterrados y hambrientos, no podían gozar de la primavera: «Nada indica que hoy sea domingo, ni sé qué tiempo hace fuera. Casi no tenemos nada que comer y bebemos un agua nauseabunda. Desde hace días son tan fuertes los combates que no hemos podido salir para nada del sótano», escribía una berlinesa el 29 de abril.
A última hora, Hitler se enteró de la muerte de Mussolini y comenzó a hacer preparativos para la suya pues le horrorizaba caer vivo en manos de los soviéticos. Al final del día le llegó desde Ploen el telegrama que anunciaba el colapso de Alemania: Wenck, la última esperanza, había sido rechazado en los suburbios de la ciudad; Berlín no recibiría auxilio.
Cuando amaneció, el 30 de abril, los soviéticos se introducían por las líneas del metro y habían llegado cerca de la Vosstrasse, la calle de la Cancillería. Las SS habían inundado los túneles causando una matanza de soviéticos y de civiles refugiados en los andenes. El cerco se estrechaba.
A las 15.30, un batallón de asalto, mandado por el capitán Neustroev, ocupó la Königsplatz en la que se levantaba el Reichstag. Entonces se produjo un acontecimiento clave en la batalla de Berlín: los sargentos Egorov y Kantariya tomaron la bandera roja número 5 del III Ejército y se lanzaron hacia el edificio. Les siguió toda su compañía, que logró forzar las puertas. Allí se combatió hasta la noche pero, a media tarde, los soldados soviéticos alcanzaron la terraza y colocaron su bandera en el edificio más emblemático de Alemania. Hitler se dispuso a morir pero antes escuchó a Goebbels, que había decidido matar a sushijos y suicidarse con Magda
Hitler estaba sentado en el sofá junto a Eva. Ambos tenían restos de la ampolla de cianuro en la boca. En la sien derecha del Führer, un agujero negro de bala. El cuerpo fue envuelto en una alfombra porque de la cabeza todavía manaba abundante sangre. Trasladaron los dos cadáveres al jardín y les prendieron fuego. Era el 30 de abril de 1945. Al día siguiente, Joseph y Magda Goebbels decidieron que también había llegado su momento y que los niños emprenderían con ellos el camino sin retorno.
«Desde 1914, cuando presté como voluntario mi modesta contribución a la Guerra Mundial (...) han pasado más de 30 años. Durante estas tres décadas sólo el amor y la lealtad hacia mi pueblo han guiado todos mis pensamientos, acciones y toda mi vida.Ellos me dieron la fuerza para tomar las decisiones más difíciles a las que un mortal ha debido enfrentarse. He agotado mi tiempo, mi energía y mi salud durante estas tres décadas...»
Tras el banquete de boda, Hitler se levantó y abandonó la reunión para dictar a su secretaria, Traudl Junge, su testamento político.Luego encargó a Bormann que hiciera llegar diversas copias a sus colaboradores más íntimos y al almirante Karl Doenitz, el hombre que debía regir los destinos de Alemania cuando él muriera.Aún escuchó unos minutos a Goebbels, que le comunicó su resolución de matar a sus hijos y, a continuación suicidarse con Magda.
El día 29 de abril también llegó al búnker la desastrosa noticia de que los diversos ejércitos alemanes que habían tratado de romper el cerco de Berlín habían sido rechazados. La salida de la ciudad era cada vez más difícil, por lo que se enviaron diversos correos con las copias del testamento confiando en que alguno lograría llegar a su destino.
Eva se pasó el día animándole, tratando de que comiera, desempeñando, en suma, el papel de solícita esposa. Cuando se enteraron por la radio de que la muerte de Mussolini se había saldado con el macabro espectáculo de su cadáver colgado por los pies de la marquesina de una gasolinera de Milán, junto a su amante Claretta Petacci y alguno de sus colaboradores, Hitler aceleró los preparativos de su muerte e insistió en que su cuerpo y el de Eva fueran incinerados tras su óbito para evitar la vejación.
Fuera, las últimas tropas alemanas eran poco a poco rechazadas hacia el corazón de la ciudad, cuyo epicentro era la Cancillería.
Entre las 2.00 y las 4.00 de la madrugada del 30 de abril, Eva Braun reunió a las mujeres en el pasillo de la planta superior del búnker. Magda Goebbels, las secretarias, la cocinera, varias enfermeras y esposas de oficiales que prestaban servicio allí se alinearon junto a las paredes. Pálidas, ojerosas, cansadas, eran la vívida imagen de la derrota. Hitler les fue estrechando la mano, musitando frases ininteligibles en respuesta a tímidos mensajes de esperanza.
Aquella noche, los soldados y oficiales de las SS que custodiaban la Cancillería y el búnker organizaron una orgía. Ante la inminencia de la muerte y perdido el sentido de la jerarquía y la fe en el liderazgo, los hombres habían hecho una razzia por las casas de los alrededores donde lograron alcohol y mujeres para organizar una francachela. Todos eran conscientes de que vivían las últimas horas del Reich y, probablemente, de su vida.
El 30 de abril la situación empeoró: los rusos seguían acercándose a la Cancillería. A mediodía, el Führer tuvo hambre y comió espaguetis con salsa de tomate. Eva pasó a buscarlo cuando hubo terminado.Estaba muy pálida, pero se mantenía entera y elegante. Había corrido la noticia de que el suicidio sería inminente y a la salida del comedor sus colaboradores se acercaron para despedirse.
Eva, delante, abrazaba a las mujeres. Hasta el final logró dominar su emoción y logró esbozar una mínima sonrisa. Hitler, muy tenso, estrechó fríamente las manos de todos en silencio y, siguiendo a su mujer, entró en el despacho. Todos se retiraron, salvo Günsche y Linge, ayudante y mayordomo de Hitler, respectivamente.Habían recibido órdenes del Führer de permanecer junto a su puerta hasta que se hubiera consumado la ceremonia de la muerte.Eran, aproximadamente, las 15.15 horas del 30 de abril de 1945.
PISTOLA Y CIANURO Entre las 15.30 y las 16.00, Linge convenció a Günsche de que debían entrar. Al pasar al despacho, hallaron a ambos muertos.Eva Braun estaba descalza, sentada en el sofá, con los pies sobre él y la cara apoyada contra el hombro de Hitler; había mordido la cápsula de vidrio que contenía cianuro potásico y tenía las piernas contraídas, quizás a causa de un espasmo ocasionado por el veneno. Sobre el velador había una pequeña pistola, al alcance de su mano, que no había empleado, y un jarrón de flores artificiales volcado.
Adolf Hitler estaba sentado en el sofá, frente a un retrato de Federico el Grande; tenía la cabeza apoyada contra el respaldo y la boca torcida, en la que podían verse restos de la cápsula de cristal que contenía el cianuro. En la sien derecha se apreciaba un negro boquete del que manaba sangre. Los pelos de alrededor estaban chamuscados por el fogonazo del disparo. Su mano izquierda sujetaba el retrato de su madre, que había conservado durante medio siglo; la mano derecha pendía inerte, después de haber dejado caer al suelo la pistola Walter 7,65, que empleó al mismo tiempo que el cianuro.
Envolvieron el cadáver del Führer en una alfombra, pues seguía sangrando, mientras el de Eva permaneció tal como había muerto, y los sacaron al jardín de la Cancillería por la escalera de emergencia. Los depositaron en el embudo de una bomba, los rociaron con gasolina y los prendieron fuego.
Sobre lo que ocurrió después, los supervivientes dieron varias versiones. Según unos, apenas estuvieron algunos minutos junto a los cuerpos que ardían -el de Hitler, envuelto en la alfombra-, pues la artillería soviética comenzó a disparar y varios proyectiles cayeron sobre el jardín, obligando a los testigos del macabro espectáculo a refugiarse en el búnker; según otros, el grupo permaneció mucho tiempo contemplando la cremación e, incluso, se añadió más gasolina a la pira, de modo que terminaron por ver los huesos calcinados de Hitler y de Eva. La tierra levantada por las bombas que comenzaron a caer al anochecer enterraría los restos, pero es más probable que fuesen tapados con tierra por los soldados.
La familia Goebbels no tardó en seguir a los Hitler. Joseph y Magda habían decidido hacía tiempo, quizás antes que el propio Hitler, que si el Reich se hundía su destino sería la muerte.
Tras el bombardeo de Dresde, el 13 de febrero de 1945, Magda recibió la visita de una mujer que había sido siempre su amiga: Ello Quandt, divorciada de un hermano de Quandt y, por tanto, ex cuñada de Madga. Fue a ella a quien le confió sus temores y sus intenciones para el acto final del drama y por su testimonio sabemos hoy el frío análisis que Magda había hecho de su situación.
«Tengo que decirte algo», le confesó. «Te he mentido. Te he hablado de las armas milagrosas que llegarán pronto. Todo es una tontería, una basura fraudulenta que ha cocinado Joseph.No nos queda nada, Ello. La derrota total es cuestión de unas pocas semanas. Vamos a morir, pero por nuestra propia mano».
Magda siguió su perorata: «A corto o a largo plazo, toda Europa va a caer en manos de los bolcheviques. Eramos el último baluarte contra el diluvio rojo. En lo que respecta a nosotros, hemos sido la cumbre del Tercer Reich, debemos aceptar las consecuencias.Hemos exigido cosas inimaginables a los alemanes, hemos tratado a otros pueblos con dureza. Los vencedores se vengarán de ello y no podemos parecer cobardes. Todo el mundo tiene derecho a seguir viviendo. Pero nosotros, no. Hemos fracasado».
Ello trató de convencerla de que no era culpable de nada, pero Magda le dio un respuesta que permite saber que, a diferencia de Eva Braun, era consciente del mal que había causado el nacional socialismo, aunque no se arrepintiera: «Yo estaba ahí. Yo creía en Hitler y creía en Joseph Goebbels. Soy parte del Tercer Reich que ahora se está destruyendo. No entiendes mi situación. ¿Qué voy a hacer? Si sobrevivo, me detendrán inmediatamente y me interrogarán sobre Joseph. Si digo la verdad, tendré que retratarle como era, describir lo que ocurría tras las cortinas. Y entonces cualquier persona respetable se alejará de mi con asco... Joseph es mi esposo, le debo lealtad y camaradería incluso después de la muerte. Por esa razón nunca podría decir nada contra él».
MUY HERMOSOS PARA VIVIR Magda tiene ya preparado el suicidio de toda la familia. Cuando Ello le preguntó qué iba a pasar con los niños, respondió: «Nos los llevaremos con nosotros porque son demasiado hermosos para el mundo que se avecina».
Ello trató de convencerla de que no lo hiciera, pero Magda estaba segura de que era la única opción: «No olvides lo que ha ocurrido, Ello. ¿Recuerdas? Yo te lo dije porque estaba muy enfadada. Lo que ocurrió en el café Anast de Munich cuando el Führer vio al pequeño judío y dijo que le gustaría aplastarlo contra el suelo como a un bicho. Yo no podía creerlo. Pensé que era una forma provocadora de hablar. Pero después, mucho después, lo hizo. ¡Han pasado tantas cosas crueles e inexplicables en un sistema que yo también representaba! Se ha juntado mucha sed de venganza en el mundo. No puedo hacer nada más, tengo que llevarme a mis hijos conmigo. Sólo quedará Harold, él no es hijo de Goebbels y afortunadamente está en una prisión inglesa».
En su amalgama de creencias espirituales y políticas, Magda mantenía cierta confianza en la reencarnación por influencia de sus lecturas budistas y consoló a su amiga: «No morirán. Ninguno moriremos.Cruzaremos un oscuro umbral hacia una nueva vida».
Cuando se esparció el rumor de que Magda pensaba llevarse a sus hijos al otro mundo, hasta los más fanáticos seguidores del régimen se sintieron perturbados. Albert Speer fue a hablar con Magda y proponerle un plan para que abandonara Berlín con los niños, pero ella se negó.
El 19 de abril, los Goebbels se instalaron en el búnker del palacio ministerial de Goebbels, llamado Schwanenwerder, y dieron instrucciones de que los niños fueran trasladados allí con la institutriz.A cada niño se le permitió llevar su juguete favorito.
El 20 de abril, cumpleaños de Hitler, los niños habían llevado regalos a tío Adolf, como todos los años. Al día siguiente, cuando la situación empeoró, los Goebbels, llamados por Hitler, cambiaron este búnker por el que había debajo de la Cancillería, donde ocupaban tres habitaciones y que estaba unido por un pasadizo con el del Führer.
Speer fue uno de los últimos visitantes del búnker. Vio por última vez a Magda, que estaba en la cama, pálida y hablaba de cosas triviales, pero Goebbels no quiso que se quedara a solas con ella para tratar de que cambiara de idea.
Como a Eva, Hitler le había ofrecido la posibilidad de que abandonara Berlín con sus hijos, pero de nuevo rechazó la oferta. El chófer de Hitler, Erich Kempa, también quiso convencerla. Aún disponía de tres tanques que, en su opinión, podrían sacar a la familia del búnker y acercarlos al aeropuerto, pero la firmeza de Goebbels en quedarse con Hitler la convenció de nuevo en que su deber era morir todos juntos.
La mañana del 30 de abril, cuando Hitler se despidió de los fieles, se quitó la insignia de oro del partido de su abrigo gris y la colocó en la solapa de la chaqueta de Magda. Último honor a la musa nazi que hizo que ésta se echara a llorar.
Cuando Hitler regresó a su habitación y cerró la puerta, Magda echó a correr y comenzó a golpear la puerta con los puños. Es probable que tratara de convencer al Führer de que retrasara su decisión y mantuviera la esperanza.
Según una versión, Günsche abrió la puerta para pedir instrucciones a Hitler, momento que Magda aprovechó para entrar, pero segundos después salía sollozando desesperadamente.
Según otra, Günsche consultó a Hitler qué debía hacer y éste respondió: «No quiero verla». Esas habrían sido las últimas palabras conocidas de Hitler.
Tras la muerte y la cremación de Adolf Hitler y Eva Braun, se instauró en el búnker una atmósfera aún más opresiva que en los días anteriores. Ya no se esperaban ayudas de ejércitos fantasmas: sólo quedaba escapar o morir.
Algunos, como Bormann y los militares Günsche y Mohnke, optaron por intentar la salida de Berlín. Nunca más se supo de ellos.Los generales Burgdorf y Krebs, se suicidaron en el búnker el día 1 de mayo; otros intentaron la salida y otros optaron por morir combatiendo... La fortaleza subterránea se iba despoblando poco a poco.
En la tarde de aquel primero de mayo, con los soldados soviéticos a 200 metros de la Cancillería, Goebbels decidió que también había llegado el momento de morir para él y su familia. A su ayudante Schwägermann le dijo que él y su esposa se iban a suicidar y le pidió que quemara los cadáveres, pero no dijo nada de sus hijos.
No se sabe exactamente cómo se llevó a cabo el parricidio. Según Rochus Misch, un testigo que era telefonista del búnker, «eran las 5 de la tarde cuando Frau Goebbels pasó delante de mí seguida por los niños. Todos llevaban pijamas blancos. Los llevó a la siguiente puerta y regresó con un carrito en el que había seis tazas y una jarra de chocolate. Más tarde alguien dijo que estaba llena de pastillas de dormir. La vi abrazar a algunos y acariciar a otros mientras bebían. No creo que supieran que su tío Adolf había muerto, reían y charlaban como de costumbre.Poco después pasaron por delante de mi escaleras arriba. Heide era la última e iba de la mano de su madre.
Se volvió, la saludé y de repente se soltó de la mano de su madre y vino hacia mi cantando, Misch, Misch, du bist ein fisch (Misch, Misch, eres un pez). Su madre la recogió y se la llevó aún cantando esa canción».
LAS CARTAS DE LA MUERTE Magda regresó un poco más tarde y entró en su propia habitación.Tras un rato, subió de nuevo las escaleras con el doctor Stumpfegger.Al bajar de nuevo, estaba llorando. Se sentó a una mesa y se puso a hacer solitarios con una baraja. Joseph Goebbels se unió a ella, pero no intercambiaron palabra.
Cuando los preparativos para quemar los cadáveres estuvieron terminados, los Goebbels subieron al jardín. Eran, aproximadamente, las 9 de la noche. El estruendo de los combates cercanos era ensordecedor y la noche, a pesar de las columnas de humo que se elevaban hacia el cielo, se iluminaba con las llamas de los incendios y los fogonazos de las explosiones.
Aquí, de nuevo, difieren las versiones sobre el momento final. Un relato sostiene que Joseph se pegó un tiro, mientras Magda tomaba una cápsula de cianuro. Otra, que Goebbels le pidió a un guardia que los ametrallara mientras paseaban por el calcinado jardín.
El 28 de abril, 3 días antes de su muerte, Magda había escrito una carta a su hijo Harold que, milagrosamente, llegó hasta la prisión inglesa donde se hallaba. En ella decía: «El mundo que vendrá después del Nacional Socialismo es uno en que no merece la pena vivir y por esa razón me he llevado a los niños también.Son demasiado buenos para la vida que vendrá cuando nos hayamos ido y Dios misericordioso me entenderá si los libero yo misma».
Al día siguiente, el 2 de mayo, los rusos entraron en el búnker. Encontraron en sus camas a seis niños con pijamas blancos, las niñas con lacitos blancos en el pelo, como si estuvieran durmiendo.
DAVID SOLAR Y ARTURO ARNALTE
el mundo, julio de 2002
|